Cuando se ama demasiado, al punto de entregarlo todo, es casi una ley universal el hecho de que se será herido de una u otra forma. Casos contados, aunque no conozco alguno en esta tierra, son los que nos muestran cómo aquel que ama hasta la locura es correspondido. Mas bien, son modestamente felices numerosos seres que aman con moderación, y son correspondidos con la misma moderación.
Es también una regla casi universal que el generoso enamorado que ha sido herido por amor excesivo, atravesará un cambio en el carácter. Puede ser este, no más que una tristeza prolongada, o transitoria en el mejor de los casos, o, quizás algunos desgraciados experimenten tal cambio en su persona a causa de la herida a su orgullo y sentimiento, que podrán llegar a desear y ejecutar una venganza contra el agraviante. Venganza que puede ser de grado leve, o gravísimo. Es entonces cuando llega la pregunta: es justo y necesario, es saludable y beneficioso el amor? Debemos desear apartarlo de nuestras vidas, o admitirlo en sus mas pobres y vacías expresiones, para evitar la desgracia.
Esta introducción es sólo una reflexión previa a lo que hemos de relatar a continuación, que es la historia de una de las víctimas del siempre despiadado y caprichoso Eros.
Esta es la historia de la señorita Leblanc, una joven de Lyon, que a la tierna edad de doce años le llegó lo que suele llamarse la "vocación al servicio del Señor". Su complaciente padre, un burgués de altos recursos, tuvo que dejar a un lado los preparativos que ya desde entonces estaba realizando para dar a su bella hija en matrimonio al cabo de unos pocos años, a un hombre de la nobleza, o de mayores recursos que los Leblanc. Su madre, estaba feliz: pocas mujeres habían sido tan religiosas y habían inculcado el credo en sus familias como la señora Leblanc.
La jovencita pues, transitó los años de su adolescencia en el convento de Santa Clara, sin hallar más razón para vivir que la devoción perpetua a su adorado Dios. Era una muchacha de cabellos del color del trigo, ojos como el cielo, figura delicada y blancura angelical. En lo que a su carácter respecta, era por demás dócil y bondadoso. Lloraba cuando alguna injusticia llegaba a sus oídos, y, como adentro de aquel convento no era mucha la información del exterior que podía obtener, su sufrimiento era usual cuando leía las atrocidades a las que habia sido sometido el Mesías. Su voz, dulzaína y suave, no articulaba más que palabras virtuosas a sus compañeras, y alabanzas al Señor. Podría representar, en fin, la personificación mas acertada de la Virgen Santa María.
Cierto día, Sor Inmaculada, que así era el nombre con el cual se la conocía en aquel santo edificio, fue llamada para la atención de un enfermo que había sido víctima del desbarrancamiento de su carruaje en las cercanías de Santa Clara, y se hallaba reponiéndose en una de las habitaciones.
Sor Inmaculada, gozosa de brindar el servicio de la curación a un semejante, fue sin dudarlo a la habitación.
Pero ¡oh, de qué manera se enrojecieron sus mejillas al encontrar yaciendo en la cama a un joven de aquellas características! Se trataba del Conde de Villeneuve, un mancebo apegado al lujo y al libertinaje, pero sin embargo, muy gentil con todos sin excepción, y más aun con las muchachas hermosas.
-¡Hermanita! Agradezco que hayais venido a socorrerme. Pero no debeis preocuparos, pues no tengo más que unos rasguños en piernas y brazos.
-Buen joven, también vuestro rostro ha sido rasgado, levemente en el area de la frente.
-¡Pues bien, hermosa religiosa! Curad esa herida, porque la desfiguración de mi rostro será la desfiguración de mi alma- dijo el joven, quien como Narciso, se amaba en especial al observarse al espejo.
La monja, más sonrojada aún, sonrió con timidez y limpió las heridas del rostro del conde. Después hizo lo mismo con las de las extremidades, y el joven, aunque dolorido, disfrutaba de la suavidad de aquellas santas manos.
Este procedimiento se repitió un par de días mas, en los cuales el muchacho había empezado a confesarle a la religiosa lo maravillado que estaba con sus encantos. Pero no fue sinó hasta el quinto día, en que Sor Inmaculada, convencida de que la ausencia del conde se le haría en extremo amarga, le dijo sin poder contenerse:
-Señor mío, todos estos años no he tenido en el pensamiento más que la palabra de Dios. ¡Pero oh, joven hermoso! Desde que estais aquí, son vuestras palabras las que resuenan en mi cabeza. Las extrañaré, gentil caballero.
-Y por qué habriais de resignaros a tenerme lejos? Oid, Inmaculada, mi padre está postrado desde hace cinco años, y necesita de vuestra caridad, de vuestro cuidado. Pero no es corto el trayecto desde mi castillo hasta este lugar, y será necesario que os asenteis allí.
-¡Señor!-exclamó la joven, sin decidirse de inmediato.-No me será permitido abandonar el convento, pero estoy dispuesta a levantarme antes de que el sol salga y viajar cuanta distancia sea precisa, para cumplir a tiempo con aquella tarea.
La monja pidió autorización, le fue concecida, y cuando el conde se repuso, comenzó con el cuidado diario de su padre. Sin embargo, era solo una pequeña parte del tiempo la que pasaba con el anciano, ya que el resto del día, hasta la hora de su regreso al convento, lo pasaba junto a su ya amado conde, que lograba lentamente esfumar los votos de la joven según su seducción lograba sus propósitos.
La pérdida de la virtud de una muchacha, era reprochable. Pero cuando la muchacha en cuestión, era una religiosa, el hecho resultaba gravemente execrable.
Y no escapaba esta reflexión de la conciencia de sor Inmaculada, quien se reprochaba momento a momento el hecho de ceder a la tentación que el conde le ofrecía.
No había momento en que la joven no pensara en el muchacho, al punto de olvidar las oraciones diarias para entregarse a la imaginación y verlo así junto a ella cuando estaban lejos.
El conde, entre tanto, y como dijimos, en extremo libertino, se entregaba a toda clase de diversiones, entre las cuales eran las de Venus las preponderantes.
Un buen día la monja, totalmente confundida, arruinada la claridad de su mente por el devastador amor que por el joven sentía, se decidió por permanecer en el convento y hacer vida de penitencia.
Si Dios la había llamado desde niña, pensaba, entonces perdonaría aquel alejamiento del cual estaba arrepentida en apariencia.
Pero a cada momento la imagen del objeto de su amor se le aparecía en la mente, y los caracteres de la Biblia se le hacían ilegibles ante la distracción que experimentaba.
El conde no escribía al convento, aún sabiendo que sólo en el convento podría estar ella. La joven, temerosa de que el muchacho estuviese molesto por aquel abandono y la condenara al olvido, escogió abandonar a su Dios.
Anunció a la Madre Superior que dejaría el convento. La religiosa principal preguntó el motivo, y la joven, que creía a aquella bondadosa y comprensiva, le contó la verdad.
El rostro de la superior se transformó y manifestó que las puertas de ese convento y de todos, le serían por siempre cerradas, en caso de un nuevo arrepentimiento.
Porque el comportamiento que había tenido era condenable, al punto que merecería azotes y encierro hasta limpiar su honor.
Sor Inmaculada se sintió angustiada y culpable, y luego la invadió el terror, cuando la cruel religiosa le advirtió que le contaría de aquello al señor Leblanc, para que supiera que tenía una hija en la que ya no podía creer.
Pero conservaba aún una gran esperanza, que era la de estar para siempre y ya sin obstáculos con aquel a quien amaba.
Llegó al castillo de noche, vestida ya sin aquellos hábitos que había llevado largos años.
El desorden y el libertinaje se presentaron a sus ojos. Infinidad de muchachas revoloteaban en torno de caballeros, y más de diez en torno del conde de Villeneuve, quien no dejó de sonreir y beber al ver a la señorita Le Blanc, quien para ese entonces tenía los ojos inundados en lágrimas.
-Qué deseais?- preguntó el joven.
-Hablar con vos, mi señor.
-Ahora no, estoy en una fiesta, no lo veis?-
-Por favor, he dejado el convento.
-Y que quereis de mi?
-Creo que... es vuestra obligación casaros conmigo para reparar mi honor perdido.
-Qué diablos! Claro que no haré semejante cosa. Si quereis podeis formar parte de mi séquito de admiradoras, entre las cuales está mi esposa, que como veis, no es celosa-dijo el truhan abrazando a una vulgar muchacha.
La señorita Leblanc no podía creer que merecía tan poca importancia para aquel nefasto ser. Abandonó el lugar hecha un mar de lágrimas y volvió a su casa, donde confió todo lo sucedido a sus padres.
Pero sólo recibió bofetadas e insultos de parte del señor Leblanc, y como si eso fuera poco, la expulsión perpetua de su hogar.
La señorita vagó por las calles de Lyon, mendigó, y enloqueció de tristeza y rencor. Un día, viajó al hogar de Villeneuve y lo vio tirado en un sillón, con dos o tres damas durmiendo a su alrededor.
Observó la mesa, desordenada, repleta de copas y cubiertos usados. Tomó un cuchillo y lo insertó en el cuello de su desagradecido amante, que sólo alcanzó a abrir los ojos desorbitados, mientras las mujerzuelas gritaban y lloraban tratando de contener la sangre que emanaba, para detener la muerte inevitable del libertino. Ahora, la señorita Leblanc estaba sola, ya no existía el responsable del rumbo que tomó su vida. No existía convento que la albergara y le ofreciera paz, ni padres que la recibieran y procuraran un destino mejor.
Sólo podía arrepentirse de sus errores, recordar la vocación, el llamado a estar junto a su Señor, y, clavando el mismo cuchillo en su pecho pensó que podría suplicar el perdón divino cara a cara.
domingo, 24 de diciembre de 2006
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